La alegría de la plaza
05 de Julio 2012La Fiesta de los toros no es diversión adecuada para espectadores solitarios, ya que los acontecimientos que van sucediéndose durante la tarde originan urgentes deseos de comentar con el vecino los distintos aspectos de la lidia.
En los toros a la inversa de lo que ocurre en el teatro y el cine, el público es el que habla y también de modo contrario al fútbol, el público es el que actúa de árbitro y de juez, debiendo dar sentencias rápidas, sin que las cifras inapelables de un "marcador" condicionen la soberanía de su juicio.
Por estas características de la Fiesta, el voto de los entendidos surge (o al menos antes surgía) en pequeños grupos (tres cuatro cinco amigos), que exteriorizaban al mismo tiempo su opinión, siendo iniciadores de los aplausos o de las protestas que luego, en libre referéndum, rechaza o admite el tendido o la plaza entera.
Existen, (existían) las "células taurinas" organismos muy inferiores en número a tertulias y peñas pero no menos operantes y gloriosos, ya que eran los francotiradores que tanto en la plaza, bares, tabernas, colmados, figones, círculos y casinos, lanzaban el virus de su afición, contagiando a todo bicho viviente.
Los miembros de estas "células" saboreaban mejor que nadie la tarde de toros, profetizaban y contabilizaban la corrida salpicándola con vino y buen humor. Y como eran amigos de verdad estaban de acuerdo en todo, tanto en materia taurina, política y señoras.- El hecho esta casi en desuso-. Sin embargo:
Hay un símbolo que siempre formo parte del ambiente taurino; me atrevería a decir que, ha gozado de cierto protagonismo dentro de las plazas de toros, desde el más sencillo tendido de las portátiles, hasta la más rutilante de las engalanadas ferias de postín. Pero me voy temiendo, a tenor de lo que se vislumbra por esas plazas, que este – como digo- símbolo ancestral, también va desapareciendo, tal y como han ido lamentablemente desapareciendo tantos detalles de la fiesta de los toros, tanto dentro como fuera del ruedo.
Se trata de la bota de vino, a la cual quiero rendir hoy un homenaje, "¿Por qué, quien de ustedes no ha tenido entre sus manos una tarde de toros una bota de vino? ¿Quién no ha apretado su pellejo, para que por su estrecho gollete mane ese chorrito mágico y fino, que alegra las penas, que da salud y alegría – sobre todo si te manchas?". Evidentemente me refiero a aficionados, que ya peinan canas, o ni peinan – como mi caso-.
¡Cómo saben ustedes! En esto de las botas de vino, siempre hay un misterio, una especie de ritual amoroso. En él pequeño odre de milenaria existencia, tal como aseveran los más devotos boteros, se hace un vino muy bueno, aunque él caldo que albergue en su entraña, no sea de crianza, la bota bien cuidada y tratada dará un excepcional mosto, incluso los más eruditos en esta materia saben cómo ha de curarse cuando el pellejo se estrena, puesto que la pez alojada en el interior de la bota debe estar bien dispuesta para hacer ese buen vino.
¡Me pregunto! ¿Cuántas botas vinateras habrá en una plaza de toros?, y también cuantos vinos mezclaremos, cuando compañeros de tendido te animan ofreciéndote una pinta; diciendo que esta hace un vino – “mú güeno” -. Y, es que la bota de cada cofrade que la lleva a la plaza, es la que mejor vino hace... Y, no puedes negarte a ese trago de blancos, tintos, rosados, de cosecha unos, del montón otros. Si la faena es buena la bota llega desde el tendido al albero, y beberá el maestro, y también el peón. Y, si la tarde se pone aciaga, alguien te ofrecerá esa pinta, diciéndote, (“tenga esperanza hombre, el próximo toro será mejor”). Y, aprietas el cuero, y dices no muy convencido, - vamos, allá compadre –. Y, ojalá tenga usted razón.
Por estas características de la Fiesta, el voto de los entendidos surge (o al menos antes surgía) en pequeños grupos (tres cuatro cinco amigos), que exteriorizaban al mismo tiempo su opinión, siendo iniciadores de los aplausos o de las protestas que luego, en libre referéndum, rechaza o admite el tendido o la plaza entera.
Existen, (existían) las "células taurinas" organismos muy inferiores en número a tertulias y peñas pero no menos operantes y gloriosos, ya que eran los francotiradores que tanto en la plaza, bares, tabernas, colmados, figones, círculos y casinos, lanzaban el virus de su afición, contagiando a todo bicho viviente.
Los miembros de estas "células" saboreaban mejor que nadie la tarde de toros, profetizaban y contabilizaban la corrida salpicándola con vino y buen humor. Y como eran amigos de verdad estaban de acuerdo en todo, tanto en materia taurina, política y señoras.- El hecho esta casi en desuso-. Sin embargo:
Hay un símbolo que siempre formo parte del ambiente taurino; me atrevería a decir que, ha gozado de cierto protagonismo dentro de las plazas de toros, desde el más sencillo tendido de las portátiles, hasta la más rutilante de las engalanadas ferias de postín. Pero me voy temiendo, a tenor de lo que se vislumbra por esas plazas, que este – como digo- símbolo ancestral, también va desapareciendo, tal y como han ido lamentablemente desapareciendo tantos detalles de la fiesta de los toros, tanto dentro como fuera del ruedo.
Se trata de la bota de vino, a la cual quiero rendir hoy un homenaje, "¿Por qué, quien de ustedes no ha tenido entre sus manos una tarde de toros una bota de vino? ¿Quién no ha apretado su pellejo, para que por su estrecho gollete mane ese chorrito mágico y fino, que alegra las penas, que da salud y alegría – sobre todo si te manchas?". Evidentemente me refiero a aficionados, que ya peinan canas, o ni peinan – como mi caso-.
¡Cómo saben ustedes! En esto de las botas de vino, siempre hay un misterio, una especie de ritual amoroso. En él pequeño odre de milenaria existencia, tal como aseveran los más devotos boteros, se hace un vino muy bueno, aunque él caldo que albergue en su entraña, no sea de crianza, la bota bien cuidada y tratada dará un excepcional mosto, incluso los más eruditos en esta materia saben cómo ha de curarse cuando el pellejo se estrena, puesto que la pez alojada en el interior de la bota debe estar bien dispuesta para hacer ese buen vino.
¡Me pregunto! ¿Cuántas botas vinateras habrá en una plaza de toros?, y también cuantos vinos mezclaremos, cuando compañeros de tendido te animan ofreciéndote una pinta; diciendo que esta hace un vino – “mú güeno” -. Y, es que la bota de cada cofrade que la lleva a la plaza, es la que mejor vino hace... Y, no puedes negarte a ese trago de blancos, tintos, rosados, de cosecha unos, del montón otros. Si la faena es buena la bota llega desde el tendido al albero, y beberá el maestro, y también el peón. Y, si la tarde se pone aciaga, alguien te ofrecerá esa pinta, diciéndote, (“tenga esperanza hombre, el próximo toro será mejor”). Y, aprietas el cuero, y dices no muy convencido, - vamos, allá compadre –. Y, ojalá tenga usted razón.
Fermín González, comentarista Onda Cero radio Salamanca
Fotografía: archivo
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